La multpremiada cinta Slumdog Millionaire de Danny Boyle (Tumba a ras de la tierra, Trainspotting) nos lleva por un abigarrado recorrido visual a través de la vida de dos hermanos que nacen, crecen y se defienden en los barrios más empobrecidos de Bombay, la India...y como sucede en muchos casos, la necesidad de sobrevivir, muuucho ingenio y la fuerza que les da estar juntos a estos dos mosqueteros, los salva en varias ocasiones de la muerte, pero no de situaciones denigrantes y violentas. Algunos detalles de la historia me hacen pensar en ciertas analogías con el mito de Caín y Abel. El hermano mayor de Jamal Malik, el personaje principal, es como el Caín en la historia, que, aunque salva a su hermano en varias ocasiones, dado su temperamento más fuerte y decidido ante situaciones límite, es también el que le quita lo que más sentido tiene para Jamal: a Latika, la niña que se quedó huerfana junto con ellos y a quien Jamal se aferró desesperadamente. Esta pérdida es lo que lo lleva a Jamal a participar en el famoso programa de TV que lo lleva a concursar, a ganar una suma millonaria y a recuperar a su amada Latika. El esquema en este sentido es simple: Caín y Abel, Jamal y Salim, son como las dos caras de una misma moneda. Jamal es el lado positivo, luminoso, noble, el chico que a pesar de la adversidad tiene buenos sentimientos y supera todo gracias al amor, en cambio el hermano es quien sucumbe metido hasta el fondo en un mundo de corrupción y crimen, y quien al final muere, no sin antes redimirse devolviendole al hermano la oportunidad de reencontrarse con su chica. Así, el filme tiene un final feliz: el chico pobre que se convierte en millonario y recupera a la chica.